Una justa defensa de Zack Snyder9 minutos de lectura

Zack Snyder y Ben Aflleck en el rodaje de Batman v Superman: Dawn of Justice (2016)
Zack Snyder y Ben Aflleck en el rodaje de Batman v Superman: Dawn of Justice (2016)

Parafraseando a David Simon, guionista creador de la serie The Wire, si a todo el mundo le gusta lo que haces es que entonces has hecho algo mal. Este podría ser el lema de cualquier cineasta que se considere autor, pero sin embargo aquí lo voy a utilizar para referirme a alguien que muchos ni siquiera consideran buen director: Zack Snyder. Con cada nueva entrega de su filmografía la reacción por parte de la crítica y la polarización del público se ha radicalizado, llegando a un punto aparentemente de no retorno con Batman v Superman: Dawn of Justice (2016). No queda ya prácticamente nada de los halagos que en su momento recibió mayoritariamente con su ópera prima, Dawn of the Dead (2004), que además de ser un remake de un referente de culto del género zombi es irónicamente el menos personal de sus proyectos. Aunque temáticamente (como el resto de sus obras) sí que se pueda considerar coherente con sus intereses y formas de entender el cine. Unas formas que le deben mucho a su pasado como director de videoclips musicales y anuncios publicitarios, llevándole a supeditar sistemáticamente la narración a lo estético y conceptual por encima de lo dramático. Algo que se intuye tiene mucho que ver con el rechazo que genera según ha ido elaborando más su sello personal con el paso del tiempo.

Poco puede sorprender por lo tanto que aunque casi todos sus films están basados en material de partida ajeno y de origen muy diverso, es fácil comprobar como en todos ellos resuenan temáticamente las mismas ideas y obsesiones de Snyder como narrador. Bajo la supuesta superficialidad de sus adaptaciones, exagerados ejercicios de estilo o llamativas construcciones de estética pop, se revela principalmente la ambición de relatar historias de dimensión y alcance global. Unas historias en las que sus personajes se ven arrastrados por fuerzas ineludibles, con una concepción moral del mundo que les hace enfrentarse a cambios que afectan a todo su contexto social sin saber muy bien su papel a priori o encontrándolo durante el curso de sus acciones. La responsabilidad de cada uno en sus actos ante las injusticias también forma parte de esto, además de un interés reiterado sobre la capacidad de los mitos y la ficción como agentes transformadores, como recursos para inspirar el cambio y herramienta para buscar la libertad individual o colectiva frente a opresiones de cualquier tipo. Una liberación intelectual que es la que el propio Snyder parece proponer en sus universos cinematográficos.

Dawn of the Dead (Zack Snyder, 2004)
Dawn of the Dead (Zack Snyder, 2004)

La grandilocuencia en el desarrollo de sus propuestas le lleva siempre a desplazarse sin respiro desde lo mínimo a lo absoluto, desde lo concreto a lo masivo y a la inversa, no sólo dentro de sus cintas sino también en muchas ocasiones en la estructura de una misma secuencia. Todo en un intento constante de proyectar un alcance lo más amplio y universal posible. Esto en realidad es un síntoma de una obsesión mayor subyacente a todo el trabajo de Snyder: la idea de inevitabilidad que afecta a los individuos en el encuentro de su destino, de su función en un todo que es el que posteriormente da sentido a su existencia y al relato. Los protagonistas de sus películas se ven arrastrados por fuerzas superiores en ocasiones inescrutables para ellos mismos, que les empujan a formar parte de unos acontecimientos que son mucho más significativos que cualquiera de los implicados pueda concebir. Pueden ser sus principios morales, el sentido del deber o el sacrificio por los demás con la finalidad de un bien mayor que supera cualquier otra consideración posible.

Esto es lo que hace que la secuencia de huida en coche de Sarah Polley al comienzo de Dawn of the Dead sea tan impactante. En apenas un par de planos tiene la habilidad de mostrar un apocalipsis zombi global y sus efectos a escala humana siguiendo a su personaje con atisbos de la pérdida de los valores civilizados, la histeria colectiva y la violencia sin perder de vista la experiencia traumática por la que ha pasado su personaje. Igual que ocurre con Leónidas en 300 (2007) como sujeto consciente de la ausencia total de alternativas en su enfrentamiento con Xerxes. O asume perder la libertad y la identidad de su pueblo o va a la guerra sin legitimidad y saltándose sus tradiciones para poder imbuir al resto del espíritu de lucha necesario, del sentido de sacrificio al que obliga esa misma libertad para valorarla en los justos términos y preservarla de cualquier amenaza.

La consecuencia de este planteamiento es que para Zack Snyder los personajes son simples herramientas para la narración de sus películas, instrumentos para desarrollar su discurso y recursos de guión al servicio de un plan mayor que es el mito moderno total cinematográfico al que aspira invariablemente y del que se supone son una pieza más en un engranaje masivo como para tenerlos en cuenta desde un punto de vista más íntimo. Los personajes de sus películas no existirían nunca fuera de sus relatos, dependen de ellos para tener una razón de ser y son simples figuras sin vida fuera de la pantalla cuyas motivaciones vienen dadas externamente. Además, sus conflictos internos son prácticamente cosméticos y su resolución tiende a ser un proceso binario de paso de un estado a otro, pero sin que nunca podamos ser testigos de la evolución progresiva durante su metraje. En su perseverancia de tener una perspectiva humana de lo global, su interés en general se traslada a la construcción del mundo en el que transcurre la acción, otorgando una importancia fundamental al diseño de producción a través de la ambientación para captar la escala universal que desea proyectar, remarcando de esta manera por contraste la relevancia del individuo en contraposición con la panorámica completa.

Watchmen (Zack Snyder, 2009)
Watchmen (Zack Snyder, 2009)

Tal como adelanté antes, otro punto de interés de Zack Snyder que explora recurrentemente en su filmografía es el poder de la ficción y de los mitos, tanto como catalizadores del cambio individual como precursores de la alteración de lo establecido. Para transformar la realidad primero se debe creer que es posible e imaginarlo. Una fantasía puede considerarse así un arma al servicio de quienes la comparten. Dejando a un lado las implicaciones claramente religiosas de esta visión del mundo que permite ver a Superman como un icono que de esperanza a todos o a Leónidas como el creador de su propio mito para levantar a las multitudes en la lucha por la libertad de su pueblo, Sucker Punch (2011) lo lleva al extremo desde su misma premisa. El personaje de Emily Browning usa su evasión de la realidad para sobrevivir a los horrores que suceden en el psiquiátrico donde ha sido internada, mientras establece con otras jóvenes enclaustradas un plan de escape que vemos ejecutarse a partir de la combinación de elementos provenientes de multitud de fuentes de la cultura popular, géneros audiovisuales o literarios.

Por otro lado, destaca especialmente la cuestión de las repercusiones del libre albedrío, que permite examinar la responsabilidad y las obligaciones de los individuos para con la sociedad enfrentados al totalitarismo y la idea de que unos pocos decidan el destino sobre todos los demás imponiendo su concepción de la sociedad. Porque el individuo forma irremediablemente parte de algo más grande de lo que puede desconocer su significado o las verdaderas intenciones y en el proceso de descubrimiento normalmente se encuentra el foco de atención del director. Mientras en Watchmen (2009) enfrenta las ramificaciones de la intervención y la voluntad de un ser prácticamente omnipotente y omnisciente como Doctor Manhattan y cómo afecta su presencia al destino de la humanidad, en Legend of the Guardians: The Owls of Ga’Hoole (2010) se ven las consecuencias de los actos individuales y las posibilidades de marcar la diferencia en función de las habilidades de cada uno. Una idea también que se contagia al resto de sus obras: el ser humano independiente como pieza de un mecanismo en el que encaja de una forma única que debe conocer antes de actuar o no.

Man of Steel (Zack Snyder, 2013)
Man of Steel (Zack Snyder, 2013)

A partir de aquí emerge el último nivel de las cintas de Snyder, los dilemas morales en función del significado de la ejecución de las intenciones últimas. El desinterés que demuestra por los conflictos internos no hace que sus personajes sean menos importantes. Siempre está presente el problema de las consecuencias de las acciones o falta de ellas por parte de los mismos. Cada acto puede cambiar el estado de la sociedad para bien o para mal y cada uno es responsable de tomar el enfoque según el tipo de individuo que desea ser y la clase de mundo en el que quiere vivir, por el que desea luchar. Siempre claro en función de las posibilidades de cada uno como ya quedó establecido antes. Se revela de esa manera una pequeña trampa en la forma de exponer el enfrentamiento entre distintas concepciones del mundo. Porque realmente para Snyder no se trata de cuestionar la moralidad, sino de descubrir cómo se traducen las creencias personales a una visión política, el mejor modo en que se deben hacer las cosas para todos. Lo moral se presenta como un absoluto indiscutible y sus disquisiciones se determinan sobre la implantación política de los principios de sus personajes.

Por ejemplo, en Man of Steel (2013) se presenta a un ser que tiene la capacidad de cambiar todo un planeta con sus obras. Él es una fuerza de inevitabilidad personificada que debe decidir en qué momento demostrar ese poder a una sociedad que va a exigirle que actúe. Mientras en Batman v Superman: Dawn of Justice (2015) se estudian cuáles son las consecuencias y los daños colaterales de lo que provoca Kal-El voluntariamente o no. Batman actúa como reacción directa al poder de destrucción de un individuo cuya irresponsabilidad puede generar consecuencias desastrosas y su decisión de enfrentarse a Superman manipulada por factores externos se ve como algo inevitable. Lo que se desarrolla en la película es el choque entre dos visiones políticas, las motivaciones de los dos superhéroes del título en su enfrentamiento son las mismas: hacer el bien en el mundo, acabar con las injusticias, marcar la diferencia. Son los métodos, sus recursos y alcance lo que define su lucha.

Como ya apunté al comienzo, es inmediato pensar en el pasado de Snyder relacionado con los videoclips musicales y los anuncios publicitarios cuando se aborda el estilo visual del director, pero también en la influencia de los cómics, los videojuegos, la fantasía y la ciencia ficción. Tiende a la estilización de la violencia a partir del uso de cámara lenta para subrayar momentos concretos como el disparo de un arma o un puñetazo y la destrucción que provoca la contienda para darle mayor intensidad. Busca siempre planos que funcionen como anclaje a la narración en múltiples momentos del desarrollo de la acción de forma independiente a lo dramático. Son muy llamativos los planos secuencia que abarcan lo general para luego dirigir la mirada del espectador con zooms en lugar de cortes. Algo que insufla de mayor realismo al vuelo de Superman o inmersión a las batallas de 300. Y parece obsesionado con la cámara lenta de objetos o personas que caen, en esa persistencia de lo más inevitable que afecta a la vida de los seres humanos: la gravedad. También son frecuentes el uso de montajes musicales, contrapunto de acciones y el llamativo uso de la banda sonora para marcar el ritmo en ellos. Pero sobre todo, se esmera en una atención especial a la importancia conceptual de cada escena y el significado de las acciones por encima del interés dramático de la narración o las motivaciones. Snyder definitivamente busca más expresar sus ideas discursivas en sus obras creando escenarios y planteando situaciones que atendiendo a la lógica o la emoción del factor humano, lo que hace que transite continuamente en los límites de la alienación de su audiencia.


Por Ramón Rey

Crítico y periodista cinematográfico.