Toni Erdmann (Maren Ade, 2016)2 minutos de lectura

Toni Erdmann (Maren Ade, 2016)
Toni Erdmann (Maren Ade, 2016)

Las diferencias generaciones provocan un vacío que parece insalvable entre las distintas formas de entender el mundo de padres e hijos. Un vacío que fuerza la separación física y emocional de las partes y se pierdan las conexiones establecidas anteriormente. En Toni Erdmann (Maren Ade, 2016) un padre que intenta llenar el tiempo con las actividades que puede y la compañía de su perra ve la posibilidad de conectar con su hija, una profesional muy ocupada en negocios internacionales, y la aprovecha con la mejor de las intenciones y el peculiar sentido del humor con el que planta cara a la vida. Un sentido del humor que en la película se traduce especialmente en conflictos de las dinámicas de socialización y el protocolo, como se ha podido ver en anteriores obras su directora.

Ellos dos son personas solitarias e infelices sin vida propia, por no tener nada que hacer o por dedicar todo sus esfuerzos al éxito profesional a cualquier precio. Uno en el epílogo de todas las experiencias y la otra al comienzo todavía de buscarlas. A partir de un viaje espontáneo del padre a la ciudad donde trabaja su hija se desarrolla una relación que parece rota sin remedio, a pesar de la insistencia del primero por derribar la pose cínica, fría y despiadada que parece haber desarrollado la segunda con los años. Una pose, expresión de la falta de humanidad en las relaciones sociales y laborales, que es un arma para ocultar su insatisfacción permanente con el trato que recibe de sus colegas y clientes, así como de la falta de relaciones significativas con otros individuos dentro o fuera de sus círculos definidos por sus decisiones para ascender en su trabajo.

Toni Erdmann (Maren Ade, 2016)
Toni Erdmann (Maren Ade, 2016)

Con estos cimientos dramáticos, Maren Ade crea el trasfondo necesario para deconstruir la relación paternofilial en una sucesión hilarante de situaciones incómodas, bromas macabras y sorprendentes que sin embargo no resultan forzadas ni ponen en riesgo la verosimilitud del relato en ningún momento gracias al inteligente manejo del tono de su directora. Algo que permite admirar por contraste la maravillosa capacidad de Sandra Hüller para mostrar sutilmente los cambios de su personaje según pasan los minutos, expresando con pequeños gestos y lenguaje corporal su estado de ánimo. Se crea así una comedia que eleva el drama o viceversa, con una estructura de dos largas partes en las que se enfrentan la forma de ver la vida de la hija y la de su padre, bromista irredento. Una diferencia que fundamentalmente es la de dos generaciones muy contradictorias en su esencia: una de la vieja escuela que valora lo humano en todos las facetas y otra que representa la retorcida idea del éxito y la felicidad unidos a lo material de nuestros días.


Por Ramón Rey

Crítico y periodista cinematográfico.