The Last Face (Sean Penn, 2016)2 minutos de lectura

The Last Face (Sean Penn, 2016)
The Last Face (Sean Penn, 2016)

En esta edición de Cannes hemos encontrado ejemplos muy variados de cine que aborda lo social y político desde lo sutil a lo explícito, con mayor o menor acierto, pero al menos siempre como mínimo un atisbo de autenticidad. El problema con The Last Face (Sean Penn, 2016) es que la autenticidad desaparece en el primer plano del film y no la encuentra nunca por mucho que muestre desgracias, muertes, violencia, niños indefensos y sus protagonistas blancos del primer mundo siendo testigos de ello mientras realizan sus labores de ayuda humanitaria. La base del relato es una historia de amor entre los personajes de Charlize Theron y Javier Bardem, que se encuentra tan fuera de lugar y tono como su director buscando conmover y concienciar a golpe de plano poético y montaje más que inspirado por las secuelas de rodar con Terrence Malick. Una fricción entre forma y discurso que contagia el resto de sus elementos.

Penn busca torpemente el sentimiento de culpa del espectador a toda costa, mientras expresa las distintas maneras de entender la ayuda y la transformación del mundo a través de la acción directa o los grandes proyectos políticos como base del conflicto de la relación amorosa de sus protagonistas. Una relación que se narra a golpe de flashback, con los problemas que se encuentran llevando a cabo su trabajo de ayuda desinteresada y las consecuencias personales que suponen. Unas secuelas que han distanciado a la pareja y cuyas razones se intentan explicar a través de una estructura inconexa, incapaz de integrar el aspecto romántico con su trasfondo discursivo. Algo que hace imposible conectar con ninguna de las piezas sobre las que se fundamenta su narración. Agravado, además, por unos diálogos vergonzosos en numerosas ocasiones y unos inexplicables cambios emocionales del personaje de Theron, que va a la deriva sin una mínima base de caracterización.

The Last Face (Sean Penn, 2016)
The Last Face (Sean Penn, 2016)

Esto no sería un inconveniente para entender la lógica interna y las decisiones tomadas para crear la obra si tuviera un mínimo de consistencia, pero no es el caso. Deconstruir sentimientos y dinámicas de pareja mientras se intenta cubrir la hipocresía de la geopolítica internacional, los problemas de las organizaciones no gubernamentales para ejercer su actividad y sus dilemas morales ya es algo complicado per se. Hacerlo, como en este caso, desde una falta de humildad y ambición sobredimensionada, apoyándose en una narración condescendiente, hundiéndose en la pretensiones de sus decisiones formales, deja paso a un desastroso resultado. Algunas veces se debería cuestionar la necesidad de que hombres ricos blancos hablen de los conflictos bélicos, las hambrunas, la pobreza, los desastres naturales y los problemas sociales en general desde su punto de vista privilegiado. Si existen argumentos en contra de ello, quizá es posible encontrarlos todos en esta película.


Por Ramón Rey

Crítico y periodista cinematográfico.