The Duke of Burgundy (Peter Strickland, 2014)3 minutos de lectura

The Duke of Burgundy (Peter Strickland, 2014)
The Duke of Burgundy (Peter Strickland, 2014)

Al comienzo de The Duke of Burgundy (Peter Strickland, 2014) vemos a la joven Evelyn pasando el tiempo en un bosque para luego ir en bicicleta hasta la casa de su madura ama Cynthia. Aparentemente entre las dos se desarrolla ante nuestros ojos un relato de dominación a partir de las tareas domésticas que la primera debe realizar según las instrucciones precisas de la segunda, ante el riesgo de ser castigada en términos de marcado carácter fetichista. No es hasta el final del día cuando descubrimos lo que subyace debajo de la dinámica elaborada entre las dos, al desvanecerse el señuelo construido sobre el punto de vista externo mantenido por su director en la narración. Evelyn es una estudiante y mantiene una relación amorosa con su mentora, a la que entrega órdenes escritas en las que la alecciona minuciosamente sobre cómo debe comportarse su amada con ella en una rutina que repiten sistemáticamente con pequeñas variaciones para satisfacer sus necesidades y caprichos pasionales. Se plantea así la base del discurso de la película alrededor de los elementos fundamentalmente distintivos y singulares que conforman los vínculos afectivos sobre los que se erigen las relaciones.

Si cada individuo es único, la suma de dos también lo será. Strickland sigue esta premisa para describir el juego de roles que mantienen las dos mujeres protagonistas, en una expresión metafórica de la reciprocidad que emerge de la interacción entre las amantes. En el proceso, los personajes de Chiara D’Anna y Sidse Babett Knudsen renuncian a su propia naturaleza tanto para proporcionar a la otra lo que necesita como también satisfacer sus deseos. En este ciclo, que podría denominarse simbiótico, se produce una paradoja entre ellas como objetos y sujetos de la pasión. Las fantasías de Evelyn contradicen tanto su personalidad como la de la otra fuera de las paredes de la casa (de su intimidad), pero al llevarlas a cabo se mantiene el mismo status quo. Es decir, Evelyn necesita sentirse dominada para obtener placer y al imponer sus deseos sobre los de su compañera, perpetua sus tendencias posesivas hacia ella. Mientras tanto Cynthia se deja llevar aunque sea por el mero hecho de satisfacerla, ejerciendo el papel de dominante forzosa. Algo que llega a subvertir irónicamente cuando ella misma toma la iniciativa, decidida a castigar a la joven que legitima esa conducta sólo cuando ella quiere, en una de las secuencias más retorcidamente divertidas del film.

The Duke of Burgundy (Peter Strickland, 2014)
The Duke of Burgundy (Peter Strickland, 2014)

Desde que entramos por primera vez a través de la puerta de ese microuniverso cerrado de la privacidad de estas dos mujeres, la mirada de la cámara va descendiendo capa a capa hasta que despoja a sus personajes de cualquier máscara dispuesta hacia su pareja o hacia si mismas. Si las referencias estéticas y narrativas son cuidadosamente obvias por elección, apuntando formalmente a los años setenta y las típicas películas de mujeres y el cine exploitation de la época, no lo es tanto su manera de aproximarse a sus cuerpos y la sexualidad de ambas. Sus actividades parafílicas se ven desprovistas de un juicio moral predefinido, estableciendo en numerosas ocasiones un tono cómico desde la comprensión y la complicidad con el espectador. Sí que existe sin embargo una erotización evidente de las imágenes en la perspectiva usada cuando la joven Evelyn mira con sensualidad a Cynthia, pero incluso sus relaciones sexuales se observan en la distancia, como reflejos o actos furtivos inmersos en la oscuridad de la noche. Es esencialmente la mirada de Evelyn la que potencia el morbo implícito en las intenciones pseudovoyeurísticas de la cinta, mientras parece evitar inmiscuirse en los pormenores cotidianos de su idilio.

Oruga, crisálida y mariposa. Los tres estados de la metamorfosis de los lepidópteros que estudian en el instituto al que asisten sirven como reflejo de la evolución de la pareja a modo de fases ineludibles de su existencia natural en un entorno en el que parece no haber nada más presente. La insatisfacción de cualquiera de ellas viene a servir como catalizador para la mutación de los códigos establecidos con anterioridad entre ambas. La crisis puede llegar para cuestionarla y redefinirla, pero siempre a partir de sus piezas básicas. ¿Puede cambiar realmente una persona junto con sus exigencias y debilidades para acomodarse a las de otra? ¿puede mutar una relación a algo diferente a lo que es y sobrevivir? Todas sus formas repletas de sutilezas son distintas manifestaciones de un mismo organismo, deconstruido y reconstruido desde sus mismos átomos, que con mayor o menor belleza visible se suceden más o menos fugazmente.


Por Ramón Rey

Crítico y periodista cinematográfico.