Svi severni gradovi (Dane Komljen, 2016)2 minutos de lectura

Svi severni gradovi (Dane Komljen, 2016)
Svi severni gradovi (Dane Komljen, 2016)

En All the Cities of the North (Dane Komljen, 2016) –vista en el contexto de la selección de Senderos que se bifurcan– lo mítico surge sin embargo del escenario escogido para el transcurso de su metraje: un complejo hotelero abandonado cerca de la frontera de Montenegro con Albania. En este cementerio de edificios y construcciones simétricas e idénticas, una pareja de hombres (sobre)vive compartiendo espacios vacíos y tiempo. Un tiempo que ha comenzado a borrar de la faz de la tierra la existencia de una construcción proyectada en otra época. Una en que las viejas estructuras se derrumbaban y las promesas de cambios, progresos y falsas esperanzas dieron pie a grandes planes gubernamentales y privados que pudieran aprovechar la nueva era que nacía de las cenizas de viejos países, sistemas y regímenes. El fracaso de esta transición crítica dejó sus huellas de una sociedad en descomposición, reflejada en inmensos proyectos en multitud de ciudades que celebraban la sustitución de lo viejo conocido por algo nuevo cuyo funcionamiento se escapaba en realidad a su comprensión. Y de esa manera la simple convivencia de los misteriosos protagonistas se ve proyectada hacia un paisaje que entremezcla la vida salvaje con el espectro de la civilización siempre presente en cada plano.

Svi severni gradovi (Dane Komljen, 2016)
Svi severni gradovi (Dane Komljen, 2016)

Una proyección social desde el alcance humano de la narración que recuerda al tratamiento que hacía Blind Sun (Joyce A. Nashawati, 2015) de ese mundo alternativo que retrata en el que el agua se ha convertido en Grecia en un bien escaso y con el que se especula. Si aquella película planteaba la necesidad de un cuestionamiento de la definición de ciencia ficción cinematográfica, el mundo postapocalíptico en el que un extraño perturba el statu quo de All the Cities of the North podría ser también una expresión de una realidad distinta dentro de nuestro propio presente que exagera en su microcosmos el resultado de cualquier crisis sistémica conocida. De los desechos de un mundo antiguo derruido no puede construirse nada nuevo hasta que desaparezca por completo. Irónico resulta que la característica mirada naturalista hacia la falta de acción de sus lugares y el silencio que se usa a través de la cámara se vea agredida por un mecanismo de inclusión de lo metacinematográfico –a través de la presencia de un equipo de rodaje que sigue a los protagonistas del film–. Un recurso que se antoja innecesario para potenciar el hiperrealismo de una cinta que ya lo posee por si misma sin ese truco que hace explícito y menosprecia el valor de lo conseguido con su puesta en escena.


Por Ramón Rey

Crítico y periodista cinematográfico.