Pieles (Eduardo Casanova, 2017)2 minutos de lectura

Pieles (Eduardo Casanova, 2017)
Pieles (Eduardo Casanova, 2017)

En la tercera jornada del Festival de Berlín se pudo ver dentro de la sección Panorama el debut de Eduardo Casanova con el largometraje español Pieles (2017), cuyo concepto original ya adelantó en su controvertido cortometraje Eat my Shit (2015). En el mismo, Ana Polvorosa interpretaba a una chica que tenía un ano por boca y se representaba la dificultad para llevar una vida normal ante las miradas y los prejuicios de los demás. La película extiende esta idea a un tejido de historias protagonizadas por varios personajes con peculiaridades físicas que son explotados, maltratados y marginados por una sociedad demasiado pendiente de las apariencias. Así las cosas, resulta algo irónico y simplón el discurso del film teniendo en cuenta la obsesión del propio Casanova por establecer  en todo momento una extremadamente cuidada estética en los decorados, vestuario y la fotografía, para luego desentenderse del nivel más básico de la narración en el cine, que es la imagen —el plano—.

La composición visual de las escenas que sirven para desarrollar los relatos de Samantha, Guille, Ana y Cristian bien por no tener ojos, ser enana o no aceptar sus piernas como propias destaca precisamente por un desastroso desequilibrio entre la búsqueda de un encuadre perfecto y la incapacidad para mover la cámara con sentido, configurar y construir un espacio coherente en ellas. No ayuda tampoco la obsesión por utilizar primeros planos cerradísimos con las expresiones de los actores en los diálogos potenciando aun más una exagerada sobredramatización que parece querer autoimponerse como supuesto sello propio de autoría. Además, la naturaleza inicialmente episódica de la cinta esconde en realidad una estructura dramática dispersa en la que cada secuencia parece provenir de distintas obras y en cuya evolución independiente se ve una torpe incapacidad para conectarlas narrativamente o en el montaje, llegando a lo más terriblemente grotesco en su tramo final, con un contrapunto de acciones alimentado por la música que cae en un ridículo difícilmente salvable.

Pieles (Eduardo Casanova, 2017)
Pieles (Eduardo Casanova, 2017)

Y aunque los mayores problemas de Pieles provengan de supeditar a toda costa la narración a una idea de cine mal entendida como estética y no como imagen, también es cierto que temáticamente deambula por territorios demasiado obvios como para aceptar a estas alturas un tratado infantiloide sobre la dictadura de las apariencias con formas quirúrgicamente definidas para querer provocar al espectador puerilmente en muchos momentos desde lo meramente escatológico. Parafraseando a John Waters, para saber qué es el mal gusto primero hay que tener buen gusto. Lamentablemente Eduardo Casanova no ha pasado todavía la fase de aprender lo que es el buen gusto más allá de la reacción superficial a un universo de influencias del que parece incapaz de liberarse.


Por Ramón Rey

Crítico y periodista cinematográfico.