Morir (Fernando Franco, 2017)2 minutos de lectura

Morir (Fernando Franco, 2017)
Morir (Fernando Franco, 2017)

«¿No te parece valiente estar ayudándote en todo durante un año?» Esta clarificadora pregunta sale de la boca del personaje de Marian Álvarez en cierto momento de Morir, la nueva película de Fernando Franco tras La herida (2013) presentada fuera de competición en la Sección Oficial del Zinemaldia de este año. Lo sorprendente proximidad de la muerte anunciada de su pareja durante unas vacaciones crea una brecha enorme entre sus expectativas y la realidad de un posible final cercano y abrupto. La asunción inicial de la muerte de Luis hace que ella reaccione con la única respuesta que un ser humano puede tener ante la mortalidad: debe luchar todo lo posible para mejorar, para curarse, para retrasar ese momento. Marta –le asegura– estará con él todo el camino. Pero el sacrificio de su vida por amor que provoca la convalecencia de Luis es mucho más profundo de lo que podría anticipar. La falta de honestidad con sus conocidos, entorno de trabajo y consigo mismos se traslada recíprocamente a la relación con su ser amado.

Franco abandona la visceralidad de la puesta en escena y el montaje de su anterior largometraje para elaborar un retrato de fotografía más estilizada, pero fiel a una narración concisa en su planificación que sigue sin descanso a una protagonista que define totalmente el punto de vista del relato. El progresivo deterioro sentimental acompaña todas las fases de la enfermedad, la intervención quirúrgica y su recuperación, según van pesando los meses de disponibilidad absoluta para el cuidado de la otra persona con unos funcionales fundidos a negro que marcan con elipsis de manera directa el paso del tiempo en un retrato costumbrista a través de las distintas fases del proceso.

Morir (Fernando Franco, 2017)
Morir (Fernando Franco, 2017)

Es aquí donde entra el aspecto del sacrificio personal que suponen los cuidados y su nulo reconocimiento: la obligación moral de un individuo para dejar su vida en pausa por otra es una condena en vida hasta que suceda lo inevitable en un sentido u otro. Morir toca de refilón nuestro miedo a la muerte y lo usa como excusa –como hilo conductor– para desarrollar su discurso sobre un terror todavía mayor: la dependencia física y emocional como ancla a la existencia de otra persona. Los espacios interiores blancos y luminosos, asépticos de su piso, su casa de descanso y el hospital crean una continuidad interna respecto al papel de enfermera-madre al que se resigna en su reclusión de atmósfera claustrofóbica. Sólo un puñado de instantes de comicidad catártica se permite durante su metraje, explotando las habilidades para el humor de una actriz muy por encima de su compañero masculino que da la réplica en esta producción. La noche, un bingo, un bar, un desconocido en una terraza, un proyecto de local que ha ayudado a diseñar y poner en marcha son únicamente pequeños soplos de aire que permiten respirar y huir de su situación insostenible desde una perspectiva naturalista alejada de cualquier enjuiciamiento moral.


Por Ramón Rey

Crítico y periodista cinematográfico.