Inimi cicatrizate (Radu Jude, 2016)2 minutos de lectura

Inimi cicatrizate (Radu Jude, 2016)
Inimi cicatrizate (Radu Jude, 2016)

Rumanía, años treinta del siglo XX. El joven aspirante a poeta Emanuel es diagnosticado con la enfermedad de Pott, una variedad de la tuberculosis que afecta a la columna vertebral y le obliga a permanecer postrado, inmovilizado con una escayola dispuesta para corregir presumiblemente su problema. Fuera de competición y proveniente de Locarno, donde recibió un Premio Especial del Jurado, Scarred Hearts (Radu Jude, 2016) adapta la novela autobiográfica homónima de Max Blecher —famoso escritor judío que pasó los últimos años de su vida en cama afectado por el mismo mal— y arranca con el internamiento de su protagonista en un sanatorio a orillas del Mar Negro. Su adaptación al tratamiento, las relaciones con otros pacientes y especialmente con la ya curada Solange sirven de base para elaborar toda una tesis sobre la vida en plano fijo a través de interminables diálogos que se desarrollan ante el espectador tocando lo político, social, histórico y espiritual mientras su estancia se alarga hasta la eternidad.

La concepción visual es absolutamente radical y la composición de los planos de la película pasa por destacar la horizontalidad de los enfermos de la institución en secuencias que aprovechan magníficamente la profundidad de campo y la perpendicularidad, sobre todo cuando se trata de espacios compartidos. Una perspectiva narrativa unívoca que enlaza la férrea definición formal con el relato. Reverbera así la idea de la multiplicidad de situaciones contenidas dentro de ese mismo edificio: cada individuo convaleciente con su manera de afrontar la inevitabilidad de su situación y con una infinidad de resultados posibles. Algo que no hace más que intensificar la percepción de su propia mortalidad. Un plano de todos los pacientes tomando el sol en la terraza de la clínica sintetiza perfectamente esta noción.

Inimi cicatrizate (Radu Jude, 2016)
Inimi cicatrizate (Radu Jude, 2016)

A través de sus conversaciones surge el ascenso de los fascismos en la Europa de la época, el miedo al antisemitismo interiorizado en una sociedad que prefiere señalar a un colectivo concreto como culpable de todos sus problemas e incluso el concepto de Dios y la dimensión de la religión para unas personas que tienen la muerte —el más allá— y el dolor —la penitencia— presentes de forma constante. Pero también hay sitio para el humor y el sexo, para el romance y la poesía, para un sentido de la aventura de la existencia desde un estado en que la fugacidad de todo lo que anhelan para el resto de sus días es más real que para cualquiera de fuera de las paredes del recinto del hospital en el que aguantan impasibles las salvajes y dudosas técnicas de la medicina del momento.

Los fragmentos de la obra en que se basa se utilizan como anclaje discursivo, interrumpiendo la narración para verlos impresos sobre fondo negro. De esa manera incorpora esas reflexiones literarias previas sobre las siguientes imágenes, creando así resonancias entre las palabras y su misma interpretación directa. Lo inspirado, lo expresado y lo experimentado se unen así en un film que asume el final como elemento que da sentido al mismo principio, al transcurrir del tiempo que tan impasible describe con cada uno de sus cuadros extraordinariamente iluminados.


Por Ramón Rey

Crítico y periodista cinematográfico.