Gods of Egypt (Alex Proyas, 2016)4 minutos de lectura

Gods of Egypt (Alex Proyas, 2016)
Gods of Egypt (Alex Proyas, 2016)

Los grandes blockbusters de acción han heredado la función que poseían los relatos épicos de la antigüedad como imaginario compartido e inagotable fuente transmisora de, en su mayoría, lecciones morales tan condescendientes como básicas. Unas producciones que gobiernan el futuro del cine como industria dando al público mayoritario exactamente lo que quieren ver: inmensos espectáculos de efectos especiales que sirven para construir universos imaginarios en los que suceden historias existentes en la actualidad únicamente dentro del etéreo plasma de lo digital. Pero, como todo imperio que haya existido en la historia, llega un momento tras alcanzar el mayor esplendor en el que se atraviesa un punto de inflexión crítico. Uno que provoca inexorablemente dos resultados posibles: la reformulación o el colapso y su posterior olvido. Alex Proyas parece muy consciente de esto último detrás de las cámaras de Gods of Egypt (2016), en la que se ha propuesto crear una hipertrofiada remezcla mitológica concebida sobre una visión alternativa del Egipto faraónico que todos conocemos, en el que los dioses que rigen el destino del mundo conviven con sus súbditos humanos.

A modo de una peplum buddy movie, la premisa parte de la apropiación ilegítima por parte de Set del trono que deja su hermano el viejo rey Osiris a su hijo Horus para que continúe su legado de justicia social. El nuevo rey destruye la felicidad de sus súbditos implantando nuevas reglas para llegar a la vida eterna que se basan en abusivas exigencias materialistas, mientras extiende su poder persiguiendo a quienes se le opongan, explotando a sus siervos, esquilmando territorios y construyendo grandiosos monumentos como expresión de su incontestable autoridad. Una no tan exagerada alegoría del neoliberalismo que consigue reflejar satíricamente los excesos de un sistema capitalista que en su punto de mayor éxito únicamente se preocupa de asegurar su continuidad al margen de sus ciudadanos, distantes e insignificantes seres que no entienden las sutilezas de ocuparse de los asuntos del gobierno. Una distancia y asimetría que se potencia visualmente con la diferente escala en la que se representan a unas deidades gigantes que poseen oro líquido por sangre.

Gods of Egypt (Alex Proyas, 2016)
Gods of Egypt (Alex Proyas, 2016)

Esta hipertrofia neoliberal se contagia a su diseño de producción y composición visual en una recargada demostración de las posibilidades técnicas y artísticas que ofrecen los efectos, escenarios y tomas generadas por ordenador desde un estilo completamente anacrónico que se aleja de cualquier intento de conectar las imágenes con una realidad tangible. Así se completan las propias intenciones del director de cuestionar mediante una desproporción evidente en todos sus aspectos la vigencia de los clichés estéticos del blockbuster ruidoso estándar. Sin abandonar nunca un tono ligero y desenfadado, la dimensión humana de la narración adquiere toda la atención en un proceso de deconstrucción autoconsciente del relato heroico. Tal como en Dark City (1998) la realidad de los protagonistas estaba definida por los intereses de aquellos que habían creado una experiencia a la medida de sus sentidos, Proyas aparece como uno de los poderosos seres de su película capaz de recrear de forma precisa, aunque sea por encargo, los mitos atemporales que esperamos todos con un envoltorio que sólo es posible gracias al fluido CGI de la creación cinematográfica. Fluido que moldea caprichosamente sin mayor restricción que el generoso presupuesto disponible para construir un colosal artefacto que, como el arquitecto interpretado por Rufus Sewell, debe justificar con su rentabilidad su misma existencia, al margen de cualquier otra consideración.

Un mutilado Horus tendrá que combinar esfuerzos con un hombre corriente, un ladronzuelo llamado Bek, para intentar recuperar su trono. Una pareja de personajes cuya simpática dinámica y evolución configura el núcleo emocional del film siempre desde sus diferentes motivaciones personales: la venganza y el amor. Algo que no es exclusivo de ellos, porque toda la trama de Gods of Egypt tiene como motor las relaciones entre los personajes, que en el caso de los dioses alcanza dimensiones de grandiosa saga familiar folletinesca cuyas decisiones están más influenciados de lo que puedan imaginar por la voluntad del patriarca Ra. Horus y Bek, inmersos en una estimulante aventura de proporciones inimaginables, encarnan una visión dual del héroe en constante conflicto, a la vez que recorren una versión moderna del clásico periplo que se espera de ellos con una representación simbólica para nada disimulada de sus elementos y pasos fundamentales. La tragedia y la gloria aguardan mientras aprenden el valor del sacrificio y la sabiduría necesarios para alcanzar su verdadera posición en el orden de las cosas. Las responsabilidades de aquellos que ostentan el poder y el valor en si mismo de las personas corrientes a las que se deben sus gobernantes.


Por Ramón Rey

Crítico y periodista cinematográfico.