El último verano (Leire Apellaniz, 2016)2 minutos de lectura

El último verano (Leire Apellaniz, 2016)
El último verano (Leire Apellaniz, 2016)

También en Resistencias estaba la proyección de El último verano (Leire Apellaniz, 2016), un documental que sigue a Miguel Ángel en su ruta de verano por distintos pueblos de la geografía española montando sesiones de cine al aire libre en los más variopintos lugares. Después de treinta años dedicándose a esto, la forzosa implantación del formato digital por las distribuidoras amenaza con destruir su modo de vida y la que se puede considerar máxima expresión del cine como arte de naturaleza popular. El proceso de preparación de los proyectores y las pantallas, la puesta a punto de los rollos de 35 mm para su visionado y la adaptación a las heterogéneas condiciones en las que invaden el espacio público con imágenes a veinticuatro fotogramas por segundo para disfrute de diferentes comunidades se ve ensombrecido por un progreso que parece haberles olvidado.

Aunque Miguel Ángel ve el futuro casi imposible, sigue luchando día a día, conduciendo con o sin permiso por las carreteras y supervisando las instalaciones contratadas, llevando los materiales y las películas entre un lugar y otro con el esfuerzo de quienes trabajan con él. Su incansable personalidad extiende su influencia al conjunto y la mirada de la directora aprovecha los pequeños giros de guión y las sorpresas que este sujeto encierra para perfilar a su peculiar protagonista. Su experiencia es un grado, pero también un lastre a la hora de encarar una reconversión que como mínimo le va a salir cara y no le permitirá —muy probablemente— continuar en solitario. Tanto tiempo en activo le hacen conocedor de este peculiar negocio dentro de la industria fílmica y sus contactos más o menos humildes se extienden a distintos niveles y aspectos complementarios. Entre ellos parece el último en resignarse al cambio que otros ya sufrieron.

El último verano (Leire Apellaniz, 2016)
El último verano (Leire Apellaniz, 2016)

Las exigencias técnicas de la exhibición en formato digital son claras y el empuje de la innovación no deja lugar a la nostalgia, sino a una adaptación y mejora constante. Los mecanismos legales, las ayudas institucionales y el propio mercado presionan hasta límites insospechados para que todos cedan ante la apisonadora de una tecnología que, lejos de ayudar en este sector específico a democratizar el acceso al cine, lo restringe. Una irónica paradoja inherente al cambio de un modelo de distribución controlado principalmente por los grandes estudios de Hollywood con la ayuda de sus aliados tecnológicos. Con todo ello, El último verano dispone alrededor de su discurso una mirada acertadamente costumbrista que lo envuelve desde la perspectiva del optimismo frente al desastre. Una actitud deudora de un personaje central que acaba transformado —por la misma presencia de la cámara y la ayuda de un fabricado guiño metacinematográfico— en un símbolo autoconsciente de la resistencia, si no un héroe.


Por Ramón Rey

Crítico y periodista cinematográfico.