El bar (Álex de la Iglesia, 2017)2 minutos de lectura

El bar (Álex de la Iglesia, 2017)
El bar (Álex de la Iglesia, 2017)

Y en Sección Oficial, aunque fuera de competición, se encontraba la española El bar (Álex de la Iglesia, 2017). Un grupo de personas de diverso origen se encuentra en un típico bar del centro de Madrid a primera hora de la mañana. Al salir por la puerta, uno de ellos recibe un disparo en la cabeza. A partir de ese momento se desencadenan toda una serie de acontecimientos que ponen al límite a los clientes, enfrentándoles a una situación en la que parece imposible salir del local sin arriesgar la vida. En esta propuesta que combina el thriller con elementos de comedia negra el verdadero misterio es quiénes somos en realidad cuando nos enfrentamos a situaciones límite. Esa es la idea de Álex de la Iglesia como punto de partida, muy bien aprovechada durante su primer tramo con los juegos de sospecha, su capacidad de sorpresa y extraordinario humor. Una inspiración que lamentablemente pierde por el trayecto, decantándose a posteriori por un redundante y circular conflicto directo entre los personajes carente de la chispa e interés inicial.

Estructurada en tres niveles, cada descenso en la huida de los protagonistas de la amenaza externa al bar supone también alejarse de los diálogos y la caracterización original de los individuos, de un montaje inspiradísimo y gags visuales que explotaban al máximo la premisa. Todo en pos de insuflar el relato de una progresiva mayor intensidad y sensación de urgencia tan característico de la filmografía de su director, que aquí acaba por desentenderse del mundo creado con anterioridad y las innumerables posibilidades que procuraba para su desarrollo y satura al espectador con gritos. Como consecuencia de ello se desdibujan las relaciones y dinámicas creadas y el drama se transforma en una sucesión interminable de giros culebronescos que poco o nada tienen más que aportar a una obra a la deriva en su recta final.

El bar (Álex de la Iglesia, 2017)
El bar (Álex de la Iglesia, 2017)

Mención aparte merece el sonrojante tratamiento visual del personaje de Blanca Suárez —de facto el de más interesante recorrido y centro moral de la cinta—, que en determinados momentos se convierte sin pudor en un simple cacho de carne por la mirada digna de un adolescente sobrehormonado que imprime con la cámara su director, sometiéndola a un vergonzoso repaso hipersexualizado de su cuerpo de manera completamente injustificada. Choca además por el empeño que pone sin embargo en subvertir determinados aspectos sociales y culturales en la misma película dentro del envoltorio de un género tan explotado en España en los últimos tiempos y que rebosa testosterona en exceso, perdiendo una oportunidad clave para desafiar el estereotipo de personajes femeninos en este tipo de producciones.


Por Ramón Rey

Crítico y periodista cinematográfico.