Django (Etienne Comar, 2017)2 minutos de lectura

Django (Etienne Comar, 2017)
Django (Etienne Comar, 2017)

Comenzó la 67ª edición del Festival de Berlín con una película inaugural que bien podría considerarse cuanto menos de bajo perfil y poco apropiada para un evento de esta categoría. Sin embargo, Django (Etienne Comar, 2017) en realidad condensa un poco la esencia de la Berlinale y su programación, para bien y para mal (en este caso más lo segundo que lo primero). La película francesa tiene como protagonista al músico Django Reinhardt y sus esfuerzos por mantenerse al margen del conflicto bélico que asola Europa durante la ocupación alemana de Francia. Reinhardt, de origen gitano rumano, pertenece a un pueblo nómada que se siente ajeno a la violencia desatada en el continente. En el momento en que la maquinaria propagandística de Hitler pretende utilizarle es cuando decide huir a Suiza con su familia, utilizando sus contactos con la Resistencia.

Aquí es cuando se termina de definir de forma más evidente la constante oposición entre la libertad y el compromiso político, entre el valor de la búsqueda individual por una independencia que no vale nada sin nadie con quien compartirla y los sacrificios necesarios para que la supervivencia tenga un significado. Esa es en principio la configuración de un relato biográfico bien acotado y con unas pretensiones claras, que lamentablemente quedan muy lejos de cumplirse desde el pobre tratamiento de su personaje central —a pesar del gran trabajo actoral de Reda Kateb en su interpretación— o la nula elaboración de la perspectiva moral subyacente, con una propuesta formal extremadamente básica y funcional, que en muchos momentos confunde transparencia con realización televisiva, sin ir más allá del plano-contraplano en unos diálogos muy literales.

Django (Etienne Comar, 2017)
Django (Etienne Comar, 2017)

Y aunque lo más destacable de la cinta es la música —un elemento que debería ser imprescindible en el tejido narrativo de una película como ésta—, se queda en lo anecdótico, en un recurso espectáculo para mantener la atención que casi nunca consigue conectar temática, dramática o narrativamente con las imágenes o sus intenciones. De hecho, cuando lo hace es para subrayar de forma obvia esa distancia de Django respecto al conflicto alemán: observando mientras toca una pelea en un local, provocando radicales reacciones emocionales en su público con sonidos prohibidos o aprovechando su virtuosismo para llamar la atención de unos soldados nazis que deberían estar ocupados en otras labores. Pero lo peor es su intento de resumir su propio discurso —inexistente en las imágenes que ofrece durante su metraje— en una composición creada desde el sentido del sufrimiento de su pueblo durante la Segunda Guerra Mundial, con un dispositivo edulcorado que busca conmover y justificar globalmente una obra que en ningún momento ha logrado llegar a transmitir lo que el espectador debe asumir sin apoyo alguno de lo que ha querido contar.


Por Ramón Rey

Crítico y periodista cinematográfico.