Colossal (Nacho Vigalondo, 2016)2 minutos de lectura

Colossal (Nacho Vigalondo, 2016)
Colossal (Nacho Vigalondo, 2016)

Y fuera de concurso nos encontramos la proyección de Colossal (Nacho Vigalondo, 2016), un nuevo ejemplo de cómo su director maneja desvergonzadamente los clichés y recursos narrativos del género fantástico –y del cine en general– dándoles un sentido único desde su perspectiva personal. En esta ocasión todo comienza cuando Gloria vuelve a su pueblo de la infancia tras pelearse con su novio por sus problemas con la bebida. El reencuentro con su pasado y su intento de introspección curativa se ven interrumpidos por la aparición de un gigantesco monstruo en las calles de Seúl que pone en guardia al mundo y redefine la percepción de su vida de forma drástica. El planteamiento de comedia dramática indie tanto en lo formal como en lo narrativo no sólo contrasta con la presencia del concepto de kaiju, sino que dista mucho de ser casual y conecta profundamente con los temas que trata la cinta emparentados con la violencia estructural.

Porque de buenos tipos incapaces de tomar decisiones y obsesionados con el éxito de otros está lleno el mundo e Internet. Niños que comienzan a querer destruir lo que crean otros los hay en todos los colegios. Individuos que confunden control y manipulación de sus parejas con amor son habituales en cualquier entorno. Vigalondo integra esto con pasmosa sencillez en la narración de una en apariencia convencional película de género absolutamente evidente que adaptando cierto comentario de sus personajes en algún momento es como una de Noah Baumbach pero con peor música. Esa mirada masculina heterosexual de las relaciones en multitud de producciones de corte romántico, que esconden o idealizan comportamientos enfermizos con una pátina de romanticismo delirante son la base de la subversión que plantea la obra en la que Anne Hathaway parece encarnar a su propia interpretación del personaje de Charlize Theron en Young Adult (Jason Reitman, 2011).

Colossal (Nacho Vigalondo, 2016)
Colossal (Nacho Vigalondo, 2016)

La obsesión por las pantallas (televisiones, tablets, móviles) vuelve a ser algo muy presente tras Open Windows (2014) y Extraterrestre (2011). En esta ocasión juegan un papel clave para entender el significado de muchas secuencias, creando varios niveles de lectura –cómicos y dramáticos– que mucho tienen que ver con los traumas del personaje principal… y con la tecnología de la realidad aumentada. Además, suponen una herramienta narrativa con la que el director fuerza el punto de vista cómplice del espectador y define un juego de metaficción que referencia mucho más a la estética y las reglas de las películas de grandes monstruos ya conocidas que a una reformulación propia. Todo al servicio de proveer un trasfondo emocional y la dimensión apropiada a su final de poderosas resonancias sociales, creado a partir de correspondencias y vínculos simbólicos inesperados que a lo largo de todo su metraje mutan de significación y significante, alcanzando con precisión su objetivo.


Por Ramón Rey

Crítico y periodista cinematográfico.