Azul, blanco, rojo y Kieślowski7 minutos de lectura

Trois couleurs: Bleu (Krzysztof Kieślowski, 1993)
Trois couleurs: Bleu (Krzysztof Kieślowski, 1993)

Se cumplen ya veinte años de la muerte de Krzysztof Kieślowski, uno de los grandes cineastas europeos y en cuya filmografía se puede encontrar entre otras cosas un sentido de continua búsqueda de su identidad. Su carrera transitó en sus inicios por el documental, para luego pasar a la ficción en pos de una autenticidad y libertad creativa difícil de alcanzar en su país en determinado momento. En la televisión encontró con su Dekalog (1989) el mayor reconocimiento, justo antes de emprender sus cuatro últimas obras con producción francesa. Estas supusieron casi un testamento cinematográfico en el que pudo explorar de forma más estilizada, profunda y también hermética sus intereses como autor con atracción por lo metafísico. Después del éxito de La double vie de Véronique (1991) tuvo el apoyo necesario para sacar adelante su más ambicioso proyecto, una trilogía de films basados en los colores de la bandera francesa y los valores revolucionarios que representan, siempre aportando su interpretación desde su propia definición moral del mundo y de su sentido irónico hacia los dilemas cotidianos, tanto emocionales como éticos, que afrontan los seres humanos.

Los temas centrales de la trilogía son la libertad, la igualdad y la fraternidad, pero desarrollados a partir de relaciones y aspectos cotidianos, no tanto vinculados con discursos que busquen explicar valores universales y sus ramificaciones políticas como tales en abstracto. Aunque sí es cierto que temáticamente sus conclusiones acaban resonando luego a partir de la construcción de sus imágenes y las trascienden. Todo ello se elabora desde la perspectiva cultural de un director polaco en relación con la identidad francesa y en reciprocidad con la suya, con el tratamiento de sus personajes, elementos y tramas siempre integrados en relatos que surgen de los deseos (o ausencia de ellos) en los sujetos de su estudio. Además, a pesar de que en cada entrega de la trilogía se centra en una tesis determinada relacionada con su premisa básica y a un nivel concreto (interno, personal o social), en conjunto están presentes globalmente en todas ellas y en cada una considerando una óptica más amplia, creando un todo interconectado que completa la visión del conjunto, reforzado por la evidencia de que transcurren en el mismo universo. Todas tienen en común la idea imposible y ambigua de justicia, las repercusiones de los actos individuales en los demás, la arbitrariedad de la vida, lo moral como precursor de nuestros actos y el pasado como lastre para las elecciones que tomamos.

Libertad desde el punto de vista de la individualidad. No deja de ser paradójico por su planteamiento introspectivo que Trois couleurs: Bleu (1993) sea la película con el mayor uso de lo visual basado en una llamativa fotografía y lo sonoro desde la composición para la banda sonora de Zbigniew Preisner, que se utiliza para expresar el estado emocional de su personaje central y su evolución. Su historia es la de una mujer que se queda viuda y pierde a su hija en un accidente y como en su su intento de aislarse de cualquier atadura con su anterior vida truncada abruptamente también evita crear nuevos lazos que puedan suponer algún tipo de sufrimiento. La narración puramente psicológica está apoyada fuertemente por el simbolismo visual y musical a través del omnipresente color azul, sus reflejos y la recurrente escucha y creación final del Himno de Unificación de Europa, que sirve de presencia espectral del pasado de su protagonista mientras traspasa la frontera de lo extradiegético y diegético en múltiples secuencias que difuminan los límites entre lo que está dentro y fuera de la cabeza de Juliette Binoche, alternando entre la música creada con su marido y la que resulta de una nueva colaboración o por ella misma. Su tragedia y la gran obra inacabada requieren de una clausura que al completar en un proceso catártico artístico, redistribuye los fundamentos de su identidad en un viaje interno que la lleva a aceptar la única oportunidad de experimentar de nuevo algún tipo de sustituto del amor que ha perdido y en el que también afecta, voluntariamente o no, a otros.

Trois couleurs: Blanc (Krzysztof Kieślowski, 1994)
Trois couleurs: Blanc (Krzysztof Kieślowski, 1994)

Igualdad como oportunidad de redención. Pasando al siguiente nivel, el de las relaciones personales, Trois couleurs: Blanc (1994) se configura como la más prosaica de las tres. Algo que viene derivado del centro de su desarrollo dramático y cierta carga de humor negro. Utiliza una relación amorosa (o, mejor dicho, el final de ella) como catalizador de los actos de su protagonista, un inmigrante polaco en Francia en su caída en desgracia y resurgimiento en un cuento moral situado en el contexto del final del comunismo en Polonia. Las oportunidades que brinda el salvaje y corrupto capitalismo que se ha establecido recientemente precipitan la concepción egoísta de la igualdad de oportunidades que promueve y afecta al personaje principal. Se establece así en un punto diametralmente contrario a la anterior, con un objetivo externo claramente concretado y las connotaciones de un sistema que favorece a quienes quieren conseguir cualquier cosa material, algo que no es suficiente para satisfacer las necesidades espirituales de los individuos. Karol sigue anhelando la presencia y el amor de su esposa aunque le haya humillado y su capacidad para progresar en su país o el dinero que pueda embolsarse con actividades más o menos ilícitas no puede sustituir esa frustración existencial. Esta obra hace de contrapeso y espejo a las otras dos: la acción tiene lugar principalmente en Polonia, su protagonista es masculino, sus motivaciones son claramente algo ajeno a su persona y no depende conseguirlos de sus acciones. Además el dilema moral que se establece pertenece más al objeto de sus deseos encarnados por Julie Delpy y tiene una carga política importante respecto a su país de origen y en relación a su posición en Europa, con la barrera idiomática como clara representación de ello.

Fraternidad como imposibilidad de definir las reglas de convivencia. La última del tríptico, Trois couleurs: Rouge (1994), es además la más compleja y de mayores pretensiones. Sirve también a modo de cierre y resolución de cuestiones y preguntas expresadas con anterioridad a menor escala. En cuanto a elaboración visual pasa a usar de forma más sutil el color de su título, pero es a partir de la composición de sus planos, montaje y narrativa donde intenta abordar la dimensión social y el significado de los actos de los individuos en relación con los principios morales, la ley, la idea de justicia y la incapacidad para poder determinar la ética de nuestros actos de forma adecuada, al no conocer nunca las verdaderas repercusiones e intenciones de los demás o de uno mismo. Para ello se establece una continua trasposición poliédrica de las tramas argumentales y de los personajes que guían la historia, la modelo de familia disfuncional interpretada por Irène Jacob y el juez fisgón retirado de Jean-Louis Trintignant, con otra de fondo de la que sólo conocemos fragmentos a partir de terceros o de la mirada indiscreta en proximidad de pequeños instantes de naturaleza privada. De esta forma se fija una circularidad que permite expresar no sólo la divergencia entre la esfera social e íntima y las consecuencias de la irrupción de una en la otra, sino también la empatía como instrumento absoluto para comprender las decisiones de los otros, para ponerse en su lugar y encontrar algo cercano a una verdad que permita juzgarles correctamente.

Trois couleurs: Rouge (Krzysztof Kieślowski, 1994)
Trois couleurs: Rouge (Krzysztof Kieślowski, 1994)

La progresiva y sutil manera en que Kieslowski escala sus relatos en estas tres cintas sin abandonar lo esquemático de sus propuestas, desde lo más íntimo hasta abarcar la sociedad entera, desde la concepción del individuo y la responsabilidad hacia su vida hasta la del ser social y el compromiso de respeto hacia la de los demás, pasando por la crítica feroz del egoísmo en las dinámicas interpersonales que promueven los modelos de convivencia modernos, son casi una consecuencia lateral de las claves de su cine: su intento de analizar el comportamiento humano desde las necesidades más básicas y primarias a las obligaciones construidas en base a convenciones culturales que nos afectan. La trilogía de los tres colores evita la subversión de elementos de realismo mágico de su predecesora La double vie de Véronique, pero los sustituye por misterios sin explicación enraizados en agentes igual de enigmáticos para él como son las verdaderas razones por las que tomamos determinadas decisiones sobre nosotros mismos y cómo influyen en ellas las conductas de los que nos rodean, nuestras pasiones, experiencias, prejuicios y aspiraciones. Una mirada cerebral que se traduce en una quirúrgica planificación, unas calculadas puestas en escena y gestos de sus actores, un uso de la luz y del tiempo que esculpe las imágenes tan minuciosamente que parecen sacadas de una ensoñación tan real que sirve de íntima observación y profundo reflejo del alma de sus espectadores.


Por Ramón Rey

Crítico y periodista cinematográfico.