A estación violenta (Anxos Fazáns, 2017)2 minutos de lectura

A estación violenta (Anxos Fazáns, 2017)
A estación violenta (Anxos Fazáns, 2017)

Después de varios cortometrajes como Direcciones (2015) y la webserie Fame (2013) el primer intento de Anxos Fazáns en el largometraje ha tenido como sólido punto de partida la adaptación de una novela de Manuel Jabois. A partir de ahí, A estación violenta (2017) –presentada dentro de la sección Resistencias del SEFF– pasa definitivamente a ser la obra de su directora. Un frustrado aspirante a escritor y el reencuentro con amistades del pasado. Un verano que implica para los tres personajes principales afrontar antiguas emociones y relaciones inconclusas desde el punto de vista de para quien el recuerdo de tiempos felices se ha convertido en el único sustituto de aquellos en su monótona cotidianidad. Los excesos y la despreocupación de otra época vienen marcados por la presencia de la muerte y de lo efímero de esos instantes que se desvanecen en la memoria con los ya ausentes.

Desde el primer momento un tono melancólico se apropia de una narración en la que sus personajes hablan lo mínimo, buscando una ambigüedad que nunca deja del todo explícito cuáles son sus añoranzas y arrepentimientos o las causas concretas de la tragedia que rodea a los integrantes del trio protagonista. Los silencios y los pequeños gestos son la única pista para desentrañar su psicología. El silencio es entonces casi lo único que acompaña a la cámara de Anxos Fazáns capturando el huidizo paso del tiempo que marca el presente de todos ellos. Una apacible luz aquí parece además invadir todos los espacios donde ni siquiera se la espera o es bienvenida, irradiando con el optimismo y vigor de un nuevo día sus existencias y sus cuerpos. Unos cuerpos que se leen con la mirada como mapas que llevan esculpidos todo lo vivido y sus consecuencias irreversibles, sus identidades.

A estación violenta (Anxos Fazáns, 2017)
A estación violenta (Anxos Fazáns, 2017)

Se configura así una visión panorámica que abarca desde un pasado de una vida que desaparece inexorablemente hasta la desorientación del presente de los integrantes de una generación ante un futuro que resulta inalcanzable, que acaba inmerso en un relato de profunda añoranza y nostalgia de unos mejores tiempos que nunca llegaron, marcados por unos anhelos y deseos malogrados. Un plano de Nerea Barros abre la película: sus movimientos muestran en su espalda al descubierto unas formas complejas e imposibles de discernir que forman parte de ella y en realidad de todos. Su presencia dentro y fuera de campo –y su cuerpo– define de manera absoluta un metraje que sin embargo nunca abandona la perspectiva de Manuel, su protagonista. Porque para todos nuestra relación con los demás en general y con individuos concretos en particular es lo que define quienes somos. Perder ese eje de referencia significa perdernos a nosotros mismos sin remedio posible y para siempre.


Por Ramón Rey

Crítico y periodista cinematográfico.